CALLEJERO - EDITORES

 

 

En la segunda mitad del siglo XVIII en España se alcanza el más alto grado de perfección en las artes gráficas, coincidiendo con el reinado de Carlos III. Una gran actividad legislativa apoyó decididamente al libro y a los profesionales de la imprenta y la librería. Se renueva la imagen física del libro apoyada en una estética clasicista y se hace presente el gusto por el equilibrio, la sobriedad, y la delicada decoración, desarrollando el arte del grabado en primorosas y lujosas ediciones.

El barrio de la Alameda de Osuna dedica una parte de su cajellero a personajes ilustres relacionados con las artes de impresión de libros, principalmente de editores pertenecientes a la epoca del siglo XVIII; estas calles se encuentran ubicadas entre el Paseo de la Alameda de Osuna y la Avenida de Logroño y por orden cronologico del nacimiento de sus personajes, se incluyen a continuación:


Antonio Sancha (1720-1790)

Antonio de Sancha nació en Torija (Guadalajara) el 11 de julio de 1720 y falleció en Cádiz el 30 de noviembre de 1790. En la Corte del Rey Carlos III fue un personaje muy importante como editor e impresor, amigo de literatos y artistas.

Aprendió su oficio en la imprenta madrileña de Antonio Sanz, futuro cuñado. Simultaneó el aprendizaje de impresor con el de encuadernador, siendo expertísimo en ambas profesiones, aunque la universalidad la conquistó con la primera, pues sus impresiones son tan codiciadas como las de Joaquín Ibarra.

Comenzó como editor, y para él imprimió Ibarra los 5 primeros tomos del Parnaso español. Colección de poesías escogidas de los más célebres poetas castellanos, entre los años 1768-1771.

En este mismo año fue editor de la Gramática griega filosófica, según el sistema del Brocense, de fray Bernardo Agustín de Zamora, pero esta vez, impresa por Antonio Pérez de Soto, en 1771. Y aquí da fin su etapa de editor.

Como dignas de tan consumado artista, merecen citarse: Las Eróticas, de Estevan Manuel de Villegas, 1774, 2 tomos con dos preciosas láminas; La Araucana, de Ercilla, 2 tomos, con retrato grabado por Tejada y láminas por Carnicero, 1776.

Una de las más bellas ediciones del Quijote aparecidas en esta centuria, fue la dada a luz por Antonio Sancha, en 1777, en 4 tomos, con láminas dibujadas por José Camarón, grabadas por Benito Monfort, así como los frontis; en 1779 aparecieron los 2 tomos primeros de las Memórias históricas de la Marina, Comercio y Artes de la Antigua Ciudad de Barcelona, por Antonio Capmany y de Montpalau, ilustrados con bellísimas cabeceras y letras iniciales por Selma, Carnicero y otros. Los tomos 3º y 4º de esta obra no aparecieron hasta 1792.

La importancia de Antonio Sancha en la historia del libro se debe a la belleza y a la calidad de su producción y especialmente a las antologías y ediciones comentadas de los más importantes escritores de la lengua española.

Este interés por la historia de la literatura no era únicamente comercial. Antonio Sancha reunía en su casa una tertulia de ilustrados preocupados por la educación y la difusión del humanismo, políticos y grabadores relacionados con el mundo del libro como Eugenio Llaguno y Amirola, Juan José López Sedano, Juan Antonio Pellicer, Vicente García de la Huerta, Francisco Cerdá y Rico, Campomanes, el conde de Aranda, Salvador Carmona, Carnicero o Luis Paret.

Su intención, al reimprimir las obras maestras de la literatura fue, inmerso en el espíritu de la época, contribuir al establecimiento de las buenas letras y dar a conocer a nuestros grandes literatos.

(Texto extractado del portal web: unostiposduros.com)


Joaquín Ibarra (1725-1785)

Joaquín Ibarra y Marín nació en Zaragoza el 20 de julio de 1725. Durante su juventud residió en Cervera (Lleida), donde a la sazón su hermano Manuel tenía a su cargo desde el año 1735, como primer oficial, la Imprenta Pontificia y Real de la Universidad. En ella alternó su aprendizaje tipográfico con los estudios, llegando a dominar el latín como los hombres doctos de su época.

En 1754 se trasladó a Madrid, donde conquistó universal renombre con el taller de imprenta que allí instaló. Fue un notabilísimo innovador, suya fue la idea de satinar el papel impreso para quitarle la huella de la impresión, así como la modificación del empleo de la V como U, y el de la S larga como F, que por tradición se utilizaban hasta entonces. Las tintas utilizadas por Joaquín Ibarra eran de una calidad y brillantez excepcionales. Se decía que empleaba una fórmula especial y secreta inventada por él.

Cuando no existía todavía una unidad de medida para la composición de la plana, Joaquín Ibarra tomaba las medidas del ancho de la misma a emes justas de parangona, que equivalía al moderno cuerpo 18, adelantándose, por tanto, a Didot y Fournier, creadores del punto y del cícero respectivamente.

Según cuentan aquellos que le conocieron, Joaquín Ibarra era exigente en la admisión de oficiales y no recibía muchacho alguno como aprendiz si no conocía regularmente por lo menos la lengua latina, además de ciertas nociones de cultura general. El mismo examinaba a oficiales, prensistas y cajistas.

Retribuía bien al personal; no le agobiaba poniéndole mucho quehacer, pero sí requería gran esmero en el trabajo. Corregía, enmendaba, aconsejaba,...; ser operario de aquella casa era en toda España, motivo de orgullo.

En el taller de Joaquín Ibarra sólo había 16 prensas para la impresión, pero sus operarios pasaban de ciento, algunos notables pintores y grabadores, como Salvador Carmona y Mariano Maella. Las estampaciones de Joaquín Ibarra se distinguen por la nitidez de impresión y vigor de la tinta. Todas ellas, aun las más ricas y soberbias, no son aparatosas, sino sencillas y tan correctas que en ellas se puede ver una muestra del arte tipográfico español del siglo XVIII en todos sus aspectos.

Fue en su taller donde germinó la idea de escribir metódicamente las observaciones técnicas y elevarlas a reglas, dando lugar después en 1811 a la publicación del primer manual de tipografía española, titulado Mecanismo del Arte de la Imprenta, escrito por el regente de la Compañía de Impresores y Libreros del Reino, don José Sigüenza, discípulo que fue de Joaquín Ibarra.

Su taller madrileño estuvo abierto hasta 1836 y se calcula que en ese periodo salieron unos 2.500 libros, aunque sólo se han localizado la mitad. Su obra más famosa es la Conjuración de Catilina y la guerra de Yugurta, de Salustio (1772). Se hizo una tirada especial de 120 ejemplares, para obsequio de los miembros de la Familia Real y otras personalidades españolas y extranjeras, que sirvieron para que se conociera el arte de Joaquín Ibarra fuera de nuestras fronteras.

También le dio gran fama la impresión del Quijote, por encargo de la Academia, en honor a Cervantes, terminado en 1780. Cuando el libro fue terminado, se presentó a Carlos III, que reunió orgulloso a todos los embajadores extranjeros. Cuenta una anécdota que el rey Carlos III, visitante asiduo de su imprenta, le preguntó en cierta ocasión, que cómo era posible que su obra, tan bien impresa, necesitase fe de erratas; a lo que contestó el maestro: "Señor, no es obra perfecta la que carece de tal requisito".

(Texto extraído del portal web: unostiposduros.com)


Benito Monfort (1757-1852)

La imprenta del siglo XVIII destacaba por utilizar tipos de talla perfecta, papel y tinta. La primacía la obtiene sin competencia el meritísimo tipógrafo Benito Monfort (1757-1852), que no solamente compite con los tipógrafos madrileños, sino que por la nitidez y esmero, por el lujo y singular pericia en el arte, merece que D. Carlos III fije en el su atención y le colme de honores.

Benito Monfort comenzó a trabajar en la imprenta de la viuda de Bordázar. Se estableció por su cuenta y se convirtió sucesivamente en impresor de los jesuitas de la Universidad de la ciudad y de otras instituciones académicas. Entre sus obras destaca la opera omnia de Juan Luis Vives, en 8 volúmenes, y la historia de España de Juan de Mariana, en 9 volúmenes.

El taller de Benito Monfort es el más representativo de la imprenta valenciana dieciochesca tanto por la calidad de sus libros como por su vinculación a instituciones académicas. Muestra de todo ello es la obra De Numis hebraeo-samaritanis de Francisco Pérez Bayer, Director de la Biblioteca Real Pública durante el reinado de Carlos III, preceptor de los infantes y prototipo de hombre ilustrado y erudito que en esta obra evidencia su profundo conocimiento de la numismática y de las lenguas orientales. La edición está repleta de bellas láminas de medallas y monedas grabadas.

 

 


Manuel Aguilar Muñoz (1888-1965)

Manuel Aguilar Muñoz, editor español, nació en Tuéjar (1888) y falleció en Madrid (1965). Entró como corrector de imprenta en la editorial de Louis Michaud, de la que posteriormente fue gerente en Buenos Aires. De vuelta a España, organizó la Sociedad General de Librería.

En 1923, fundó Aguilar, S.A. de Ediciones, empresa que dirigió hasta su muerte.

Finalizaba 1946 cuando Manuel Aguilar Muñoz, decidió hacerse un regalo y hacérselo a sus clientes. Así creó la Colección Crisol. Serie Especial. Unos tomitos de 8 por 6 cms. que, desde el primer momento, nacieron con una inevitable buena estrella. Efectivamente, Manuel Aguilar Muñoz sabía lo que se hacía: su formato, que despierta una irreprimible ternura, el no ser venal, el hecho de recibirlo en Navidad y la oportunidad de los títulos que, invariablemente, coincidían con centenarios, premios o conmemoraciones; hicieron de esta colección un apacible objeto de deseo que, con los años, se ha convertido en pasión ardiente. Del número 0 se imprimieron 15.000 ejemplares que, rápidamente, se agotaron.

Aunque el Crisolín fue concebido como regalo de Navidad, durante los años que abarcan del 1968 al 1972 -ambos inclusive- salieron dos por año. El segundo en primavera para celebrar la Feria del Libro. En los años 1957, 1961 y 1963 salieron, también dos títulos con una deliciosa particularidad: en tres de las cuatro ocasiones, el segundo volumen era un homenaje a las otras lenguas de España: Gallego, Catalán y Extremeño.

En 1963 escribió "Una experiencia editorial", su autobiografía.


 

 

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